
Julieta, mi primera novia, me contagió su obsesión por los ojos. Su frase de cabecera, "los ojos son la puerta del alma", era una máxima que, antes de conocerla, me parecía una de esas idioteces cursis que dicen las chicas enamoradas. Pero mi perspectiva cambió cuando me entregué a las mieles del amor. Fue ella, Julieta, quien me enseñó a comprender el verdadero valor de la mirada pues, sin lugar a dudas, los ojos comunican mucho más que nuestras palabras.
En uno de esos tontos jugueteos de novios adolescentes, Julieta me suplicó que hagamos un "experimento": quería que nos viéramos fijamente a los ojos para que nos digamos qué era lo que podíamos apreciar en el "alma" del otro. Naturalmente, después de mirarme afirmó con una leve sonrisa que la puerta de mi alma era una entrada al amor que sentía por ella. Sin embargo, me vi en problemas cuando yo debía contarle lo que había visto, ya que en sus ojos no había encontrado ni un atisbo de cariño: esos ojos color café estaban enfundados en un manto de tristeza. Lo peor de todo era la sensación de impotencia producida por no poder entender qué era lo que ocurría. ¿Acaso no me quería? Como no deseaba que se sientiera mal, yo también afirmé haber visto amor.
Con el tiempo empecé a obsesionarme con la idea de poder descifrar qué es lo que sienten y comunican las personas con sus ojos. Al cabo de unos meses logré desarrollar una suerte de sexto sentido que me permitía identificar cuándo una persona no estaba siendo sincera. Empecé a detectar la forma en la que los ojos traicionaban la seguridad aparente con la que se emitían las palabras. Con solo percibir las pupilas y el iris comencé a advertir duda, aburrimiento, melancolía, alegría, envidia, desafío, miedo, empatía, sinceridad, odio, cariño, enojo, gratitud, gozo, pesimismo, optimismo. Es así como me di cuenta, por poner un burdo ejemplo, que mi mejor amiga engañaba con su primo a mi mejor amigo, porque sus ojos demostraban lujuria incestuosa ante la presencia de su familiar. O, por poner otro ejemplo, fue también con mi sexto sentido que logré confirmar que un compañero de facultad me envidiaba por haber tenido la nota más alta en la cátedra de anatomía.
Pero paralelamente, empecé a dudar de la relación que me unía a mi novia. ¿Qué era lo que le pasaba? ¿Por qué sus ojos comunicaban melancolía y no amor, como ella afirmaba? No soportaba verla triste cuando estaba conmigo. Poco a poco también comencé a tener una fijación casi patológica por los ojos color café de Julieta. Necesitaba saber qué era lo que le pasaba. ¿Yo hacía algo mal? ¿Yo no la hacía sentir querida? ¿Por qué la puerta a su alma tenía ese aspecto?.
Una tarde fui a buscarla a la salida de la facultad de Medicina para sorprenderla. Pensé que regalándole una caja de sus chocolates favoritos podría cambiar aunque sea mínimamente su perpetua mirada melancólica que me enloquecía de angustia. Cuando llegué a las escaleras de la entrada a la universidad, la vi hablando con unos compañeros y, al saludarla, observé que sus ojos radiaban de alegría. Pero lo más espeluznante fue ver el proceso, la transición, que iba del goce por estar en el lugar que la llenaba de felicidad a la típica melancolía que emanaban sus ojos cuando estaba conmigo; me sentía el Dr. Lanyon presenciando la transformación del Dr. Jeckyll en Mr. Hyde.
Estaba seguro. El problema era yo. Necesitaba quitarme la duda. Necesitaba saber por qué estaba triste. Necesitaba tener acceso a su alma. Necesitaba sus ojos. Todo iba a ser fácil y simple, pensé. El día de nuestro sexto aniversario, ella vendría a mi casa, cenaríamos, nos drogaríamos -o, mejor dicho, la drogaría- y con un escalpelo le quitaría esos hermosos ojos color café. Solamente así podría quitarme la duda.
Eran las nueve de la noche y ella todavía no había llegado. Estaba impaciente; no soportaba la ansiedad que me generaba descubrir su verdadera naturaleza. Ya tenía a mano las drogas y el alcohol con los que pensaba dejarla somnolienta, de modo que le doliera lo menos posible cuando le quitara los globos oculares. Durante una hora dejé que mi mente saboreara el momento en el que esos enigmáticos ojos estuvieran en mi poder. Llegó recién a las 10 y cuarto. Cuando la vi, estaba más hermosa que nunca. Cuando posé mi vista sobre la suya antes de darle un pequeño beso en los labios, noté que sus pupilas, sorprendentemente, no manifestaban tristeza alguna. Qué extraño, me dije para mis adentros. ¡En sus ojos había deseo!
Mi plan estaba en marcha. Ella estaba aquí. Ahora solo me restaba alcoholizarla y quitarle los ojos con el bisturí.
La invité a pasar. Me di vuelta para acompañarla a la sala de estar, pero súbitamente mi visión se ennegreció.
Había perdido la consciencia. Cuando recobré el sentido, supuse que de una forma u otra había sufrido un desmayo. Tal vez la presión del momento me había jugado una mala pasada. No obstante, de inmediato sentí que algo más había ocurrido ya que no podía moverme: estaba amarrado a lo que suponía era mi cama. Tampoco podía ver nada ya que unas vendas cubrían mis ojos y mi cara estaba humedecida por agua o sudor (me era imposible distinguir cuál, aunque supuse que era lo segundo, puesto que podía sentir en mi boca el sabor salado del líquido).
-¿Qué carajo pasa acá? Me duele la cabeza, veo todo negro, ¿qué mierda pasó Juli? -vociferé a gritos.
-Necesitaba saber -respondió Julieta sollozando-. Te di un golpe en la cabeza porque te necesitaba tranquilo. ¡Necesitaba saber qué te pasaba! En tus ojos no había amor; ¡solamente había duda! Cada vez que te veía solamente podía distinguir tu duda. ¡Tenía que abrir tu puerta!
Era sangre. Lo que humedecía mi cara no era agua ni tampoco sudor. Era sangre.
Y no eran vendas las que cubrían mis ojos, Con horror, descubrí que Julieta había abierto la puerta de mi alma.